20 de octubre de 2009

Bariló, Bariló...


La encuesta del mes pasado de nuestro blog dió por ganadora a la Patagonia como la región más linda de nuestro país con un 85% de los votos. Este resultado avasallante me trajo recuerdos de uno de mis viajes a esas tierras. Bariloche es sin duda la Mar del Plata patagónica, a quien conocí, como muchos, como broche de oro después de 15 años de educación escolar. Pero no es de ese viaje de catálogo del cual voy a hablar, sino de uno que con mochila a cuestas, hicimos con mis amigas Luz, Jose y Ema unos cuantos años después. Bariloche fue la entrada y San Martín de los Andes la salida, y en el medio, una de las mejores vacaciones que recuerde.
Llegamos en pleno enero con 30 kg. de equipaje cada una, cacerolas y pavas de hierro y la carpa canadiense más grande de la historia, que pesaba otros 30 kg. más. De organización previa, ni hablar. No sabíamos dónde dormir y después de todo un día tiradas a orilla del Nahuel Huapí, Jose vino con el cuento que unas 10 cuadras arriba, una viejita nos iba a prestar su patio para hacer la carpa y pasar la noche. Cómo la consiguió? Todavía es un misterio. De la viejita solo me queda una foto en su cocina, donde nos hizo unas tortas fritas que nunca fueron superadas y la sensación de haber conocido a una verdadera Sra. Patagónica. No recuerdo su nombre, y la foto me ayuda a recordar su cara llena de arrugas, quemada por el sol y un pelo blanco que parecía nieve. No creo que siga en este planeta, pero donde esté, le mando un beso grande y mi agradecimiento por esa juventud crecida que nos recibió con los brazos abiertos. Ella nos dió el dato del Refugio Frey y allí partimos todas sin mochilas ni carpa canadiense, solo lo indispensable para pasar un día en la montaña.



Nos tomamos un colectivo desde el cual vi algunos de los mejores paisajes que hayan visto mis ojos, y en un lago que bordeamos, el verde más esmeralda de la Tierra, Alba no lo tiene!!! Nos dejaron en un estacionamiento que no daba a nada, y a partir de ahí, arreglatelás. Había algún cartel que te decía más o menos por dónde ir, 3 horas y media y 1700 m. sobre el nivel del mar después, llegamos al Refugio. Yo no podía más y entre todas decidimos quedarnos a dormir allá arriba. Sin el apuro de la vuelta y luego de unos cuantos mates para calentar el espíritu, conocimos un glaciar que está ahí nomás. La noche se nos vino encima y el frío también, comimos rodeadas de viajeros del mundo y después de mucha cháchara nos fuimos a dormir al piso de arriba, donde hay unas 30 camas para quienes quieran atrasar la bajada. Bariloche nos había atrapado, pero al día siguiente el viaje tenía que continuar...

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