28 de octubre de 2009

Amo el Google Earth!!!!!!!!


Cuando estoy con muchas ganas de viajar y todo colabora para que no pueda hacerlo, me meto en el Google Earth. Qué invento divino!!! Cada vez que lo abro y busco un lugar, me sigo sorprendiendo como el primer día, de lo mejor que dió internet, hasta ahora. En todos mis viajes yo siempre cumplí el rol de brújula, me encantan los mapas, así que esto es un regalo para mi norte interno. También te ayuda a no olvidarte de las calles que anduviste, la memoria a veces se olvida de los pequeños detalles, que son en definitiva los que abundan en los viajes. Los mapas son los mejores amigos de las almas viajeras y el Google Earth es el novio nuevo. Realmente lo recomiendo, ver el planeta desde arriba y desde tu computadora es algo que a ninguno de nuestros abuelos se le hubiera ocurrido, así que no pierdan la oportunidad y si tienen algún viejito en la familia, muestrenle aunque sea el techo de su casa, no lo va a poder creer!!!
Buscando hoteles en el exterior descubrí otro sitio super útil: http://www.tripadvisor.es/ que está buenísimo, la gente opina sobre los lugares y hoteles en los que estuvo en todo el mundo, y la joyita es un mapa personal donde podés marcar las ciudades que tu pasaporte y memoria dicen que visitaste. Es divertido verlo terminado y te da muchas ganas de llenar con marquitas las partes que quedan en blanco, habrá que viajar...


Pinamar desde algún satélite, nuestro próximo destino


20 de octubre de 2009

Bariló, Bariló...


La encuesta del mes pasado de nuestro blog dió por ganadora a la Patagonia como la región más linda de nuestro país con un 85% de los votos. Este resultado avasallante me trajo recuerdos de uno de mis viajes a esas tierras. Bariloche es sin duda la Mar del Plata patagónica, a quien conocí, como muchos, como broche de oro después de 15 años de educación escolar. Pero no es de ese viaje de catálogo del cual voy a hablar, sino de uno que con mochila a cuestas, hicimos con mis amigas Luz, Jose y Ema unos cuantos años después. Bariloche fue la entrada y San Martín de los Andes la salida, y en el medio, una de las mejores vacaciones que recuerde.
Llegamos en pleno enero con 30 kg. de equipaje cada una, cacerolas y pavas de hierro y la carpa canadiense más grande de la historia, que pesaba otros 30 kg. más. De organización previa, ni hablar. No sabíamos dónde dormir y después de todo un día tiradas a orilla del Nahuel Huapí, Jose vino con el cuento que unas 10 cuadras arriba, una viejita nos iba a prestar su patio para hacer la carpa y pasar la noche. Cómo la consiguió? Todavía es un misterio. De la viejita solo me queda una foto en su cocina, donde nos hizo unas tortas fritas que nunca fueron superadas y la sensación de haber conocido a una verdadera Sra. Patagónica. No recuerdo su nombre, y la foto me ayuda a recordar su cara llena de arrugas, quemada por el sol y un pelo blanco que parecía nieve. No creo que siga en este planeta, pero donde esté, le mando un beso grande y mi agradecimiento por esa juventud crecida que nos recibió con los brazos abiertos. Ella nos dió el dato del Refugio Frey y allí partimos todas sin mochilas ni carpa canadiense, solo lo indispensable para pasar un día en la montaña.



Nos tomamos un colectivo desde el cual vi algunos de los mejores paisajes que hayan visto mis ojos, y en un lago que bordeamos, el verde más esmeralda de la Tierra, Alba no lo tiene!!! Nos dejaron en un estacionamiento que no daba a nada, y a partir de ahí, arreglatelás. Había algún cartel que te decía más o menos por dónde ir, 3 horas y media y 1700 m. sobre el nivel del mar después, llegamos al Refugio. Yo no podía más y entre todas decidimos quedarnos a dormir allá arriba. Sin el apuro de la vuelta y luego de unos cuantos mates para calentar el espíritu, conocimos un glaciar que está ahí nomás. La noche se nos vino encima y el frío también, comimos rodeadas de viajeros del mundo y después de mucha cháchara nos fuimos a dormir al piso de arriba, donde hay unas 30 camas para quienes quieran atrasar la bajada. Bariloche nos había atrapado, pero al día siguiente el viaje tenía que continuar...

14 de octubre de 2009

Orgullo nacional


Ayer fui a mi facultad y mientras esperaba varias horas por un trámite mi cabeza empezó a despedirse de esa mole gigante que es Ciudad Universitaria. Recuerdo la primera vez que entré, tenía que anotarme para el CBC de Arquitectura, fuimos en taxi con mi amiga Barbie y como lo hicimos a la salida del trabajo llegamos a las 18.50 y haciendo la cola dijeron que ya no nos podíamos anotar más. Había que pagar unos formularios y las señoras habían decidido cerrar la caja, sin importar si había gente que hubiera llegado antes de las 19. Tanto me enojé que terminaron regalándome los formularios para callarme y así empezó mi historia con la UBA. Venía de colegio y 2 años de universidad privados, por lo que el shock inicial fue bastante fuerte, pero tardé una clase sola en adaptarme y darme cuenta de lo prejuiciosa que había sido con la UBA. Cuando tenés que elegir qué estudiar sos tan chico, que varias veces preferís un edificio divino a la mejor educación. Todavía no puedo creer que haya estirado el régimen del colegio dos años más, pero de todo se aprende y gracias a eso pude valorar más la libertad que me dio la UBA no tomando lista después de cada recreo y yendo a clase para saber y no para no quedarme libre. En la UBA sos grande, sos responsable y sos dueño de tu carrera, no te arrean para que te recibas, vos sos tu propio motor. El haber ido a pública y privada me mostró las dos caras de la moneda y claramente volvería a elegir a la UBA. Conocí realidades que jamás hubiera conocido, fui a barrios que jamás hubiera pisado y encima no pagué nada, aunque mis viejos y yo pagamos tantos impuestos en nuestra vida que capaz seguimos con saldo a favor.
Quiero rendir homenaje a esas personas que alguna vez soñaron con una Argentina culta y decidieron hacer ley la educación gratuita para todos los argentinos. A ellos hay que agradecerles por esta oportunidad que no se da ni en los mejores países del mundo. Alguien tiene que acordarse de ellos, porque no son ni uno solo de los últimos gobiernos quienes hacen honor a la ley, solo la mantienen porque saben el costo político que les traería sacarla. Mi facultad es de las mejores a nivel edilicio, pero la mayoría se cae a pedazos, ni hablar de las que tienen paros constantemente y los alumnos pierden meses de clases, pero las ganas de los que queremos saber son más fuertes y así se mantiene encendida la llama que prendieron nuestros maestros.
Aún con todos tus defectos, gracias FADU, gracias UBA y gracias de nuevo a los grandes estadistas argentinos que vieron que podía haber un futuro mejor para todos.

6 de octubre de 2009

De película




Hubo una Semana Santa hace tiempo que ninguna de mis amigas podía irse de viaje y tengo como ley no quedarme en casa para esa fecha. Leyendo una revista encontré un safari que iba a hacer una conocida fotógrafa y mi entonces nueva máquina de fotos me obligó a llamarla y rogarle dos días antes que me consiguiera ese lugar que ya no tenía. Tanto insistí que al final no solo me dejó ir, sino que me hizo un buen descuento por ser la menor del grupo. Sabía que si no iba a Guatraché en un safari fotográfico, rozaba lo imposible conocer ese pueblo perdido en La Pampa. Me llamaba mucho la atención la vida de los menonitas en pleno terreno criollo y mi curiosidad logró vencer el prejuicio de viajar con un grupo que parecía del PAMI. No recuerdo la cara de ni uno solo de mis compañeros de viaje, pero Guatraché y la colonia menonita hasta el día de hoy los tengo en mi retina. Guatraché es un pueblo más de casas bien bajas, todo parece olvidado, el tiempo se detuvo, el polvo abunda, la estación de tren está quieta y no se ven muchos chicos en la calle. Recuerdo que cuando fui, el pueblo estaba alborotado porque esa noche tocaba Sergio Denis, mucho antes de su renacer contemporáneo. El segundo día del viaje lo destinamos a conocer la Colonia Menonita. Una maestra conocida por ellos nos acompañó para que no se sintieran invadidos y pidiera permiso para conocerlos. A medida que el colectivo iba entrando a la colonia, que es un campo dividido en parcelas para cada familia, los chiquitos iban corriendo al camino vestidos como Laura Ingalls, y no sabían si asustarse por el tamaño del transporte o saludarnos por venir de otro planeta. Llegamos a la parcela común, donde tienen la iglesia y el mercado de ramos generales. Amplia fue la sorpresa cuando vi un pizarrón escrito en una especie de alemán extraño y quien atendía, vestido con un jardinero de jean nos pedía que nos corriéramos de la entrada porque venía un carro con tarros de leche y tenían que descargar. Los tarros son esos antiguos de zinc, el carro estaba manejado por un señor que parecía alemán y sus dos chiquitas de cuento. El simil alemán le dijo a la maestra que podíamos sacarles fotos a sus dos hijas mientras descargaba los tarros y el PAMI Group atacó a las menonitas a flashes como si fueran Angelina Jolie y Julia Roberts en la entrega de los Oscar. Me dió vergüenza ajena y pena por esas dos enanas divinas que en su vida habían visto ni un flash, ni un foquito de luz, porque no tenían energía eléctrica. Me alejé del espectáculo y el destino me benefició. A la vuelta del mercadito la historia se repetía con otro padre descargando tarros y fueron las hijas de éste quienes me empezaron a hablar a mi y a cambio de dos chupetines me dejaron sacarles fotos, aunque les saqué una sola, como cualquier turista civilizado. Luego conocimos el lugar donde hacen el queso que venden al pueblo para poder subsistir, y una casa que parecía de película.
Saqué muchas fotos, aunque no las que hubiera sacado si fuera invisible. Sentía que nuestra presencia los haría sentir animales de zoológico, y si bien la idea era ir, ver y entender cómo viven, hay veces que la curiosidad propia debe ser canalizada por otros caminos. Mientras volvíamos la maestra nos contó que algunas familias estaban teniendo problemas con los chicos más jóvenes, porque iban al pueblo a comprar cosas y de paso tomaban alcohol, conseguían cigarrillos y veían revistas. Y ahí entendí que la burbuja siempre se rompe, tarde o temprano cruzás la frontera y con un pie de cada lado, elegís dónde quedarte. El viaje no lo volvería a hacer porque no me sentí bien en el papel de invasora, pero fue sin duda el lugar más exótico, movilizador y comunitario en el que haya estado jamás.